el pacto y la bandera de la paz
Legado Roerich
“Si me preguntaran cuál fue la más sublime entre las innumerables impresiones que recibí en el viaje, respondería sin vacilar: ¡Shambhala!”
Nicholas Roerich
7000+
Lienzos pintados
1930
Fundó junto a Helena Ivanovna
la Agni Yoga Society
1935
Se firmó el Pacto Roerich
EL LEGADO ROERICH
Nikolái Konstantínovich Roerich (también llamado Nicholas o Nicolás en otros países) nació en San Petersburgo, Rusia, el 9 de octubre de 1874. Fue un ilustre humanista, pintor de más de 7.000 lienzos, explorador y escritor. Sin duda, uno de los personajes más misteriosos e influyentes de su época.
Roerich era hijo de un importante notario de origen escandinavo. Su madre, por lo que sabemos, pertenecía a una antigua familia de la nobleza rusa. Por deseo de su padre, aseguran sus biógrafos, Roerich inició los estudios de Derecho en 1893. Pero paralelamente ingresó en la Academia de Bellas Artes de su ciudad natal. El arte se convirtió en su principal herramienta de expresión. Así, se hizo alumno del taller del famoso pintor ruso Arjip Ivánovich Kuindzhi. En aquellos años tuvo distintos acercamientos con los personajes más destacados de la cultura rusa, como V. V. Stásov, I. E. Repin, N. A. Rimsky-Kórsakov, D. V. Grigoróvich y S. P. Diáguilev. Transitando sus años estudiantiles, Roerich llega a ser miembro de la Sociedad Arqueológica Rusa y realiza muchas exploraciones en las provincias de Petersburgo, Pskov, Nóvgorod, Yaroslavl, Tver y Smolensk.

A la edad de veinticuatro años, Roerich llega a ser asistente del director del museo adjunto a la Sociedad Imperial Estimuladora de las Artes y, al mismo tiempo, asistente del redactor de la revista artística Las Artes y la Industria Artística. Luego ocupará el puesto del secretario de la Sociedad Imperial Estimuladora de las Artes. Su talento e inteligencia le abrían todas las puertas.
En 1901, se casa con Helena Ivanovna, su gran compañera de viajes espirituales. Con ella fundará, en 1930, la Agni Yoga Society, inspirada en los sabios que conocerían en oriente. Helena era una mujer muy culta, y según afirman quienes la conocieron, de enorme sensibilidad psíquica. Interesada en los conocimientos místicos y esotéricos del rosacrucismo y la Teosofía, tradujo del ruso al inglés la Doctrina Secreta, monumental obra de su coterránea Helena Petrovna Blavastky. Los Roerich navegaron siempre entre la ciencia, el arte y el misticismo. Ello les granjeó todo tipo de amistades y contactos para la corpulenta tarea que estaban por iniciar con el mensaje de la Bandera de la Paz.

Retrato de Nicholas y Helena Roerich, en la cabaña en donde se hospedaron en Siberia, Rusia, durante su famosa expedición en Asia Central. Foto: Ricardo González Corpancho.
Hay que subrayar que Roerich fue un hombre muy respetado en su tiempo. Entre otros personajes, hizo amistad con Rabindranath Tagore en Londres y con Albert Einstein en los Estados Unidos —con quien mantuvo una fiel correspondencia hasta el fin de sus días—. Además, fue un importante colaborador de Igor Stravinsky en Los Ritos de la Primavera. Por si ello fuera poco, el reconocido escritor Maksim Gorki lo definió como “El intuitivista más grande del siglo”, ya que Roerich, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, expresó con sus cuadros, repletos de símbolos, sus presentimientos de guerra. A esta serie pertenecen lienzos como Ángel Último, Resplandor, Obras humanas, entre otros. En ellos se representa la lucha entre la luz y la oscuridad.
Fue en 1920 cuando Roerich recibe una carta del director del Instituto de Artes de Chicago. Era una invitación para organizar una gira con exposiciones por treinta ciudades de los Estados Unidos. De esta forma Roerich fundará diversas organizaciones culturales en Norteamérica. Así, en 1921, se establecerá en Nueva York el Maestro-Instituto de Artes Unidas, cuyo propósito fundamental fue realizar un acercamiento mutuo de los pueblos a través de la cultura y el arte.
Determinando las tareas del Instituto, Roerich escribió:
“El arte unirá a la humanidad. El arte es uno e irrepartible. El arte tiene muchas ramas y una sola raíz… Cada uno percibe la verdad de la belleza. En la belleza estamos unidos, por la belleza oramos, con la belleza conquistaremos. Para todos deben ser accesibles y abiertas las puertas de la fuente sagrada. La luz del arte iluminará los innumerables corazones con un amor nuevo. En un principio, este sentido vendrá desapercibido, pero más tarde este sentido limpiará toda la conciencia humana. Cuántos corazones jóvenes están buscando algo bello y auténtico. Dádselo, pues. Dadle el arte al pueblo, que el arte le pertenece”.
(Roerich, Sobre el Arte).
Todo esto indica que el pensamiento de Roerich en relación al arte, la cultura y la espiritualidad ya estaba encaminado antes de iniciar su renombrada expedición a Asia Central.
Su viaje en pos de parajes secretos que susurran la existencia de la mítica Shambhala fue el paso final y trascendental, la definición de su misión.
La expedición que lo inició todo
Los estudiosos de la vida de Roerich sostienen que la venta de sus cuadros, los honorarios por el diseño de los espectáculos teatrales y numerosas publicaciones, así como los beneficios que habían ingresado de las organizaciones sociales, culturales y de ilustración que actuaban en los Estados Unidos, le dieron la posibilidad de realizar su gran expedición científica a través de Asia Central. Pero no pocos defienden que ese viaje fue financiado en gran medida por autoridades de los Estados Unidos que tenían un profundo interés en el mito de Shambhala y la cultura oriental. Como haya sido, el 2 de diciembre de 1923, Roerich y su familia llegan a la India para iniciar allí la expedición:
“Además de nuestras tareas artísticas en la expedición —escribió Roerich—, teníamos intención de conocer en qué estado se encuentran los monumentos antiguos de Asia Central, observar la situación actual de la religión, de las costumbres y encontrar huellas de las grandes migraciones de los pueblos. Esta última tarea desde hace mucho me tiene pendiente”.
La complicadísima ruta de la expedición pasó por Sikkim, Cachemira, Ladak, China (Sinkiang), Rusia —visitando las montañas del Altái en Siberia—, Mongolia y Tíbet. El momento más álgido de la investigación se llevó a cabo desde marzo de 1925 a mayo de 1928. Por los peligros de la ruta y por lo rico de los materiales coleccionados, esta iniciativa mereció un lugar especial entre las expediciones más grandes del siglo XX. Hay que destacar que durante los años de la expedición se realizaron importantes investigaciones arqueológicas y etnográficas en zonas completamente desconocidas de Asia. Gracias a este trabajo se puso en los mapas, con precisión, decenas de cimas en esquivas montañas, se identificaron profundos valles y notables accidentes geográficos. Se visitaron templos ignorados y en ellos fueron descubiertos manuscritos de gran trascendencia histórica y descritas muchas costumbres locales. Fruto de esta expedición fueron escritos libros como el El Corazón de Asia y Altái-Himalaya, y pintados, aproximadamente, unos quinientos lienzos que reflejaron el hermoso como salvaje paisaje que enfrentó la expedición. Y un dato estremecedor: se sabe que en este largo viaje, en algunos de sus tramos y por varios meses, Roerich tuvo hasta cien personas en la “caravana”. Muchas de estas personas y animales de carga perecieron por el intenso frío y el hambre. Los Roerich sobrevivieron.
Imágenes de la expedición Roerich en Tíbet, 1927. Cortesía de Daniel Entin, Museo Roerich de Nueva York.
La recordada Ludmila V. Shaposhnikova, que conocí brevemente durante mi visita al Museo Roerich de Moscú —era su directora; falleció el 24 de agosto de 2015—, realizó el viaje de los Roerich, por etapas, durante varios años. En esa enorme faena logró una gran documentación fotográfica que demostró que los paisajes pintados por Roerich en Asia eran reales y no inexistentes como algunos detractores llegaron a sostener.
En el museo Roerich de Moscú.
Pero Roerich no sólo tuvo que enfrentarse al clima salvaje del Gobi, el Altái o los Himalayas. Tribus violentas amenazaron más de una vez a su expedición. No obstante, el creador de la Bandera de la Paz siempre lograba sortear el peligro. A veces ayudado por la aparición repentina de un misterioso mensajero:
“…Una tarde llegó a nuestras carpas a todo galope un mongol, vestido con extraordinaria riqueza. Su traje bordado de oro y su gorro amarillo con borlas rojas impresionaban bastante. Penetró rápidamente en la carpa más próxima, que era la de nuestro médico, y hablando precipitadamente, le dijo que era amigo nuestro y que venía a avisarnos que en el Paso de Neiji cincuenta jinetes enemigos nos aguardaban. Nos aconsejó que avanzáramos cautelosamente y que enviásemos por delante una patrulla. Se fue con la misma presteza con que llegara, a todo galope, sin revelar su nombre. Mientras oíamos los relatos acerca de los panagis y los golokes, nos acordábamos de esta inesperada advertencia amistosa. Al siguiente día encontramos tres mongoles muertos y la osamenta de un caballo en el camino…” (El Corazón de Asia, Roerich).
En ese largo y “guiado” viaje por Asia Central, los Roerich recibieron su gran iniciación. El espíritu ancestral de Shambhala y sus “maestros invisibles” los llevó a redescubrir un símbolo sagrado y transformador que penetraría en el mundo: el futuro emblema de la Bandera de la Paz.

Roerich en su estudio en la India
En su diario de viaje Roerich escribió:
“Si me preguntaran cuál fue la más sublime entre las innumerables impresiones que recibí en el viaje, respondería sin vacilar: ¡Shambhala!”
Ricardo González Corpancho.
Fragmento tomado del libro El mensaje de la Bandera de la Paz.
